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Inyección de felicidad...

  Ayer estaba solo, tirado en mi cama, solo en el celular, disfrutando de esa soledad que tanto temía; porque ya no me siento solo, ahora me siento bien estando solo conmigo. Pero en ese momento vi algo en el celular, eso me provocó risa y giré; giré para el lado donde ella normalmente se acuesta cuando está conmigo y lo sentí: sentí su aroma, la sentí ahí conmigo. Ese olor simplemente entró a mi sistema y me hizo feliz. En ese momento me inundó felicidad, me inundó amor, me inundó ella y fui feliz por ese segundo que abracé la almohada al pensar lo mucho que amo y me aman. Fue simplemente una inyección de felicidad...

Hacernos felices...

  Sigo pensando por qué la gente tiene la tendencia a decir que la nostalgia es algo malo. A mí muchas cosas me generan nostalgia y, cuando lo hacen, sonrío. Sonrío al pensar cómo eran las cosas antes y cómo son ahora. Pienso, por ejemplo, en esos días de hace 3 años: la veía, me parecía hermosa, la veía y me parecía sexy; la veía y toda ella me encantaba. Pienso en ese día en que más cerca estuve de ella y recuerdo que, en ese momento, todo me siguió encantando; todo me seguía diciendo a gritos que ella me encantaba y que me hubiera encantado estar con ella desde antes. Y recordar todo eso no me da tristeza, me da alegría ver cómo las cosas evolucionan de manera positiva. Me emociona ver que hace años era un deseo, era un sueño. Me da nostalgia pensar en mis recuerdos con respecto a ella, pero me da alegría verla ahora: verla que me dice “amor”, ver cómo me busca el lado para un abrazo, cómo me busca para que le dé la mano, cómo me busca para un beso. Pienso en ese Cristian de hac...

Recuerdos...

R ecuerdo levantarme de la cama de mi mamá cuando la iba a visitar. Me levantaba al lado de mi hermano, con el calor de la costa recorriendo mi cuerpo y el ventilador haciendo su mejor esfuerzo para calmar el sofoco. Me levanto y mi mamá está en la cocina, con la gota de sudor, pero con todo el amor, terminando de preparar nuestro desayuno. Son las 10 a.m., pero ella ha estado despierta desde las 6 o 7, alistando todo para que mi hermano y yo comiéramos todo el día plácidos de la vida. Cuando Daniel se levanta, nos sirve. La comida siempre era variada; ella es una maestra para cocinar, puede aprenderlo todo muy fácil y todo lo que hace queda rico. Podía ser desde un calentado con huevo y aguapanela hasta banano machacado con queso rallado y un jugo natural; para mí, jugo de tomate, pues sabe que lo amo sobremanera. Terminados de comer, sigue su labor en la cocina y yo me le acerco y le digo en qué le ayudo: “¿Qué pico? ¿Qué corto? ¿Qué pelo? ¿Qué lavo?” Me enseña pocas cosas por miedo ...

Verlos de lejos...

 La verdad, para mí la respuesta es fácil: viajaría por allá a 1999, o un poco antes… no, mejor tipo 1990. Viajaria a Medellín o Itagüí, no sé bien; si es a Medellín, iría al barrio Antioquia, probablemente; si fuera a Itagüí, viajaría a Santa María. Lo único que buscaría sería poder pasar ese día con mis abuelos. Probablemente sería un domingo, para ir a misa con ellos. No soy tan creyente, pero los acompañaría sin chistar. Solo necesito poder darles un abrazo, que mi abuela me bendiga con una cruz o algo por el estilo, que mi abuelo me enseñe una sola canción en guitarra de cuerdas, y estar con ellos desde que se levanten hasta que se duerman. Si verme cambiara algo, solo necesitaría verlos de lejos...

Soñé que moría...

Soñé que moría. Vi cómo muchas personas estaban tristes; vi cómo la gente me lloraba. Vi a mi mamá desgarrada junto a mi ataúd; vi que no podía con el dolor de ver que no respondía. Vi que nadie la calmaba porque, además, quienes más la podían calmar en una situación así —uno estaba en el ataúd y el otro estaba igual que ella—. Vi a mi hermano: vi que intentaba ser fuerte, vi que intentaba estar calmado por mis papás. Vi que Vanessa era su único apoyo y que nada funcionaba; vi que solo estaba muriendo por dentro. Vi a mi papá; vi cómo mis tías lo abrazaban, vi cómo mis tíos intentaban distraerlo, vi cómo sus amigos lo ayudaban; igualmente, solo lloraba. Vi a Catica; vi cómo lloraba y cómo Juan la ayudaba, cómo intentaba mantenerse y siguió a pesar de todo. Vi a Manu, a Sebas, a mis amigos y primos; vi cómo entre ellos intentaban soportar el dolor y se apoyaban para superar la situación. Vi que era triste que me fuera y me dolió el alma, pero también vi cómo siguieron con sus vidas, y m...

¿Que pasa?...

 ¿Y qué pasa si no sé lo que quiero? ¿Qué pasa si, cuando llegue ese momento que tanto he esperado, simplemente no sé cómo reaccionar? Si, llegado ese momento, el miedo al rechazo es mayor que la alegría de recibir lo que creo que sí merezco... ¿Qué pasa si, al final, todo es simplemente el efecto del autosabotaje, de muy en el fondo no sentirme merecedor? ¿Qué pasa si, al final, simplemente lo hago todo mal y quedo en la misma situación? ¿O simplemente... qué pasa si todo esto solo pasa en mi cabeza, pero en la realidad no merezco, no recibo y quedo solo?

Mi generación...

Mi generación es de transición: un poco de las viejas, que conocieron el internet siendo al menos adolescentes, y un poco de las nuevas, que nacieron con él. Soy de la última generación que buscó tareas en enciclopedias y de la primera que las buscó en la Encarta. Soy de la generación que vio nacer YouTube, cuando los videos que veíamos eran del Bananero y “Hola, yo soy Germán”. De la que enviaba ringtones por infrarrojo y usaba Bluetooth no solo para conectar audífonos. Soy de la última generación a la que los padres le ponían horario para volver de jugar en el parque, pero la primera a la que advirtieron que los videojuegos le iban a poner los ojos cuadrados.