Recuerdos...

Recuerdo levantarme de la cama de mi mamá cuando la iba a visitar. Me levantaba al lado de mi hermano, con el calor de la costa recorriendo mi cuerpo y el ventilador haciendo su mejor esfuerzo para calmar el sofoco. Me levanto y mi mamá está en la cocina, con la gota de sudor, pero con todo el amor, terminando de preparar nuestro desayuno. Son las 10 a.m., pero ella ha estado despierta desde las 6 o 7, alistando todo para que mi hermano y yo comiéramos todo el día plácidos de la vida.

Cuando Daniel se levanta, nos sirve. La comida siempre era variada; ella es una maestra para cocinar, puede aprenderlo todo muy fácil y todo lo que hace queda rico. Podía ser desde un calentado con huevo y aguapanela hasta banano machacado con queso rallado y un jugo natural; para mí, jugo de tomate, pues sabe que lo amo sobremanera.

Terminados de comer, sigue su labor en la cocina y yo me le acerco y le digo en qué le ayudo: “¿Qué pico? ¿Qué corto? ¿Qué pelo? ¿Qué lavo?” Me enseña pocas cosas por miedo a que me lastime, pero en todo me hace partícipe.

A las 2, el almuerzo está listo: un maravilloso sudado o un sancocho. Solo de verlo, puedes terminar sudando; es grande, pues nunca aprendió a servir poco, pero está lleno de esfuerzo y de cada cosa que sabe que amamos comer. Pasamos el resto del día viendo películas, haciendo pereza, y ya cuando la noche cae, nos dice que vayamos a la esquina. Ahí, una negrita al lado de un sartén con aceite hirviendo, con masa para preparar empanadas, arepas de huevo o cualquier otra cosa que te imagines.

Ella siempre se preocupó por nuestra salud, pero en ese momento era la frase: “una vez al año no hace daño”. Comemos hasta no poder más y somos felices. Sin saberlo, recorrimos mucho del país: el calentado paisa, el sancocho, que es de todos y de nadie, y cerramos con la comida más costeña de la vida.


Eran tiempos simples y no lo sabíamos.

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